25 julio, 2009

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Holocausto Caníbal fue dirigida en 1980 por el director italiano Ruggero Deodato. La historia gira en torno a un grupo de jovenes que se desplazan a una tribu de la selva amazónica para rodar un documental. Pasados unos días, y sin saber nada de ellos, un antropólogo forma una segunda expedición y va en busca de ellos para saber que les ha ocurrido. Al llegar sólo encuentran los rollos de cinta que han grabado, los cuales (tal y como hemos visto recientemente en “Monstruoso” o “Rec”) son de tal realismo que se desmarcan de lo que típicamente se ve en una película convencional.
Las dudas que surgieron sobre esta película era saber si algunas de las escenas más fuertes, se pueden catalogar como gores, habían sido rodadas sin ningún tipo de efecto especial. De ahí que su director estuviese a punto de acabar con sus huesos en la cárcel.
La foto que vemos encima de estas líneas es la más representativa de dicho film. Yo aún recuerdo ver el cartel de la película con esta mujer empalada y sentir algún que otro escalofrío por la espalda. Aún no habían llegado los tiempos del cine de terror en plan “bruto” tipo Saw (aunque la Matanza de Texas ya nos deleitó con algún que otro momento fuertecillo). Así que imágenes como esta podían sorprender a más de uno. Empalamientos, canibalismo y mutilaciones por parte de las tribus del lugar. Un festín sangriento ni más ni menos.
Debido al realismo que desprendían esas imágenes los rumores no tardaron en surgir. ¿Eran realmente ciertos esos hechos? ¿Eran las muertes reales y no había ningún tipo de truco?
Por supuesto el director no dijo “esta boca mía”. Los rumores o las leyendas urbanas no hicieron si no aumentar los ingresos en taquilla. Y eso en el mundo del cine nunca ha sido malo. Hasta que la cosa fue a mayores.
La justicia italiana tomó cartas en el asunto cuando vieron que el tema podía ser cierto. El director, acojonado claro esta, tuvo que decir que todo era mentira. Las muertes vistas en la película no eran más ficción cinematográfica. Pero ni aún así le creyeron. La “broma” había ido demasiado lejos y ni la verdad parecía salvar a Ruggero.

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